Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 29 de marzo de 2009 Num: 734

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Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Encuentro iberoamericano de poesía Carlos Pellicer
JEREMÍAS MARQUINES

Dos poemas
KIKÍ DIMOULÁ

Veinticinco años larvados
ENRIQUE HÉCTOR GONZÁLEZ

Crónica de una migración El caso Querétaro
AGUSTÍN ESCOBAR LEDESMA

Imagen de Julio Cortázar
IGNACIO SOLARES

Cortázar y la mermelda
EMILIANO BECERRIL

La literatura como un viaje emocional
JUAN MANUEL GARCÍA entrevista con SANTIAGO RONCAGLIOLO

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Columnas:
Jornada de Poesía
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Veinticinco años larvados


Foto tomada de: www.notodo.com

Enrique Héctor González

Este año Larva cumplió un cuarto de siglo. Desde antes de su aparición, en Edicions del Mall de Barcelona, fue un libro ansiosamente esperado por quienes saben –o suponen– que el humor es un delirio de la forma. Es posible que su impacto, por lo menos en estos cinco lustros, no haya correspondido a la trascendencia de esta suerte de Ulises en lengua española. Las líneas que siguen, incapaces de explicar tan escandaloso ayuno, intentan ponderar este larvado episodio de la narrativa hispánica contemporánea.

I

La novela española posterior a la Guerra civil consiente un heterogéneo panorama de autores cuya obra, al dar la vuelta al siglo, apenas empieza a ser dócil a la clasificación. Ante todo, es dable distinguir cuatro grupos perfectamente diferenciados: la generación de Cela, sobre todo del primer Cela (el de La familia de Pascual Duarte y La colmena) y de los novelistas que escriben bajo el influjo (más propiamente, los estragos) de la guerra reciente: Caballero Bonald, Torrente Ballester, etcétera; el de los cuatro Juanes (Goytisolo, García Hortelano, Marsé y Benet) que, sin estar necesariamente ligado a la narrativa del Boom hispanoamericano, sin duda es su contemporáneo; Julián Ríos (Galicia, 1941); y la generación del guión, representada principalmente por Vila-Matas y Pérez-Reverte, aunque Javier Marías y Antonio Muñoz Molina, entre los más visibles, podrían agregarse al grupo.

Llamará la atención del lector (aparte de la cuatrocidad de esta desbocada generalización) que un autor tan poco atendido como el gallego Julián Ríos ocupe piso aparte, lo que se debe por cierto al hecho de que la obra de este malabarista verbal, como el Finnegans Wake, de Joyce, no ha encontrado todavía a sus descifradores más adecuados, dado que entraña una originalidad y, en ese sentido, un grado de dificultad que aleja naturalmente a los lectores que sólo pactan con la lectura anecdótica.

Muy apreciado, en cambio, por quienes conciben que el genio es ingenio y la literatura una forma musical del calembur (y hay una vasta tradición a este respecto en la literatura occidental, que tiene en Rabelais, Cervantes, Sterne, Carroll y Joyce, en cada uno de los últimos cinco siglos, a sus cultivadores más destacados), Julián Ríos se da a conocer como coautor –junto con Octavio Paz– de dos textos poliédricos donde el diálogo es un juego y los parlamentos se yuxtaponen en enconada si bien cordial competencia: Sólo a dos voces y Teatro de signos. Ya por ahí, mientras tanto, aparecían fragmentos, deslices, avances de Larva, su obra más importante, especie de Comedia humana, ensamble de textos diversos y divertidos donde el ludibrio secuestra todas las cartas en el asunto. Y en tanto su árbol larvario seguía dando frutos (Álbum de Babel, Poundemonium, Sombreros para Alicia son algunos de los nombres específicos de los textos, entre narrativos y ensayísticos, que se han ido desprendiendo –larvas arbóreas– del tronco central), Julián Ríos, paralelamente, fue desarrollando una labor editorial, tan erudita como lúdica, en reconocidas publicaciones periódicas españolas.

II

En 1997 Ríos dio a la luz Amores que atan, libro inmediatamente saludado con todos los honores por Carlos Fuentes y Juan Goytisolo, dos de sus solitarios, solidarios lectores de siempre. Esta obra, especie de diccionario avant la lettre, es una colección de figuras de abandono: entre ofertas de Harrods y catástrofes expuestas como trofeos en las vitrinas de los diarios londinenses; entre parodias librescas y títulos de libros o versos memorables o frases disfrazadas de otra cosa –luego de ser tomadas al vuelo del aire en que la prosa se mece–, Amores que atan mantiene un discurso dubitativo que todo lo pregunta, que a la menor provocación prevarica entre los cisnes interrogantes de alguna honrosa conjetura.

En estas anécdotas enlazadas por el recuerdo que, a manera de lazarillo, sirve al efecto de guiar los pasos que urde en su nostalgia un narrador urgido de encontrar a una mujer huidiza –que son muchas mujeres fugitivas atomizadas por la memoria–, la escritura, naturalmente, deviene manuscrito hollado en una botella hallada no en el centro del mar sino a la orilla de una servilleta: recado rápido a una destinataria desatinada.

La prosa eminentemente digresiva de Julián Ríos salta de rama en rama como ramera nerviosa, como nocturna mariposa que apenas hace cuentas consigo misma, ávida de volverse a verlo todo al mismo tiempo, sintiendo eternamente la comezón de un nuevo recuerdo al que no se puede dejar esperando hasta otro paréntesis. El subtítulo de esta mujer polimórfica, que va de la a a la z es, en sí mismo, revelador: Belles Lettres , un abecedario de damas que ceden.

III

Pero el título fundamental de Larva, esto es, de toda la obra labrada hasta el momento por el autor de los más sugerentes juegos de palabras que se hayan practicado en nuestra lengua –discúlpese la hipérbole, que no la veracidad de la afirmación–, es Babel de una noche de San Juan (1983). De hecho se trata de la obra mayor (en extensión e intención) de Larva, y en cierto sentido la única parte de ella que ha usurpado ese nombre, Larva, con todas las de la ley. En efecto, la crítica reconoce a Babel... en Larva y a Larva en Babel... más que en cualquier otro texto de Julián Ríos, lo que equivale a decir que, si bien el escritor español ha planeado que ese título gobierne toda la saga, hasta el momento ha servido para identificar a la novela más larga y mejor preñada del ciclo, cuyo título de Babel de una noche de San Juan, por esta circunstancia, parece más bien un subtítulo. Así que en adelante me referiré a esta novela, ya sin escrúpulos, usando el nombre de Larva.

IV

La dificultad inicial que entraña el texto reside en que está escrito en varios idiomas (como, en efecto, Finnegans Wake). Ríos no reduce su cauce narrativo a la lengua española, aunque sin duda ésta preside –caudalosamente– el discurso del texto. Esas varias lenguas podrían restringirse, aparte del español, a cuatro: inglés, francés, alemán e italiano. Las referencias en otros códigos son más o menos escasas y de poca monta.

Como su nombre lo indica, Larva es un ser en desarrollo, un estadio más que un término: algo que continuamente se rehace. Las teorías de Eco, Barthes, Bajtin y muchos otros autores que reconocen en la novela moderna su naturaleza abierta, esto es, su condición de inacabada, de sólo completable y cumplida por el lector a la hora en que se asoma al texto, tienen en Larva una de sus mejores evidencias, pues la obra exige que el lector no sea un litera turista –para usar un término del propio Julián Ríos–, un pas(e)ante de la novela, sino alguien dispuesto a emprender la reconstrucción de todo el edificio narrativo en un acto menos de trabajo que de amor. En entrevista televisada, Ríos refirió alguna vez que un aforismo que revela su idea de la literatura es el palindroma amo idioma, que leído al revés, obviamente, dice lo mismo: un amor a la lengua que es un reconocimiento de su autoridad natural sobre el oficio de escribir.

Larva es una fiesta del lenguaje. No hay personajes protagónicos, excepto Milalias, el de los múltiples apodos y, por ello, más un ser proteico que un personaje de ficción. A lo largo de la novela (que es una noche alrededor de Londres presentada como caleidoscopio de imágenes amorosas) se repiten constantemente ciertos motivos verbales, como el de armar frases constante, casi patológicamente acrósticas: “Lega alla rústica vostro atlante”, “L'Allucinant Rendez-Voudou Arrive”, “Libertino atrapado repasando viejos amoríos”, etcétera. La obra no se deja leer sin sobresaltos, sino que recoge al final –como si se tratara de un ensayo– las “Notas de la almohada”, escritas (o pensadas) por Babelle –el otro personaje reconocible como tal de la novela– y que, sin dejar de partir de alguna frase del texto-base, se disparan hacia todos lados, conducidas por la veleidosa voluntad de la libre asociación. A más de esto, el texto escrito en las páginas nones, a la derecha del lector, constituye el discurso nuclear, mientras que del lado izquierdo, en las páginas pares, aparecen acotaciones, aclaraciones que, provenientes del texto central, a veces también nos mandan a las “Notas de la almohada”, que ocupan las últimas cien páginas del libro. La obra, así, se rarifica como una red de impulsos verbales que dialogan entre sí para enredar al lector en su fastuoso paroxismo verbal. Las últimas páginas del libro, para completar la hibridación, están ocupadas por el Álbum de Babel, a su manera una obra aparte, fotográfica, formada por las imágenes de los lugares de Londres en que transcurre la novela.

La frescura y la complejidad de Larva ponen en tela de juicio –como lo hace, por cierto, buena parte de la narrativa del último siglo– el concepto mismo de novela. Sería difícil concebirla como tal, si bajo ese término estamos pensando en Ana Karenina o En busca del tiempo perdido, por sólo citar dos textos importantísimos, uno del pasado y otro del antepasado siglos. No. Larva sólo se deja leer si asumimos que no hay discurso sino recursos, personajes sino voces , historia sino fragmentos dispersos de materia verbal; y, en todo caso, el recurso por excelencia de Julián Ríos, que es la parodia, el juego de palabras, la fiesta de alusiones y elusiones librescas: un acto del más puro ilusionismo verbal:

Est-il dans un état de proustation?:/
Es un estado de proustatismo, para decir su mea culpa el aprós
tata. Después de cada viaje sentimental quizá Mr. Joyce sólo se prousterne ante las proustitutas en flor. In bloom. Oh yes. Noramala inició su beodisea sin fin. A love in every portmanteau.

Otro rasgo incesante del libro es que el propio texto explicita sus claves, sus rumbos, en el propio discurso que lo sostiene. No hay, pues, que esperar a que venga un crítico a elucidar si se trata de una estructura compleja de niveles narrativos, si predomina the stream of consciousness o si se trata de un discurso en tercera persona con narrador irónico. Menos retóricamente, el propio texto de Larva dice: “Nudo gordiano? Infinito?/ Sólo cuando se abre el libro. En el fin de la escritura, empieza el infinito de la lectura.”

V

Como una larva que poco a poco va desenredándose de sí misma, en sí misma, la novela de Julián Ríos juega a deshacerse y a recomenzar, retoza sobre la página menos para evitar contar que para cantarnos lo que cuenta, lo verdaderamente medular, esto es, su propio fluido incesante. La imagen más precisa de Larva sería, entonces, la de una libélula pirueteando en la noche, en el aire de la noche lleno de ruidos, aliteraciones, crasis, metáforas desaforadas sobre el amor inasible. Amor, precisamente, a la paronomasia, a la parodia, al palindroma: en una palabra, amor a la palabra. Leído al revés, el apellido de Julián Ríos nos habla, en francés, de la noche, es la noche, la Babel (y Babel es con- fusión de lenguas) de una noche de San Juan. Si dicen que dijo Flaubert Madame Bovary, c'est moi, el novelista español bien puede decir: Ríos, cést soir.