Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 12 de abril de 2009 Num: 736

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

De la Edad de Oro a las utopías modernas
MANUEL DURÁN

Sentir lo que otros sienten
ULRIKE PRINZ entrevista con CRISTINA PERI ROSSI

El Museo de Antropología e Historia a revisión
DULCE Ma. LÓPEZ

El tercero
JAVIER SICILIA

Joaquín y Ramón Xirau, hombres en tiempos oscuros
ADRIANA DEL MORAL

Ramón Xirau, ¿poeta o filósofo?
RAÚL OLVERA MIJARES

Ian McEwan: la suma de nuestras emociones
JORGE GUDIÑO

Leer

Columnas:
Mujeres Insumisas
ANGÉLICA ABELLEYRA

Paso a Retirarme
ANA GARCÍA BERGUA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

La Jornada Virtual
NAIEF YEHYA

A Lápiz
ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR

Artes Visuales
GERMAINE GÓMEZ HARO

Cabezalcubo
JORGE MOCH


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Angélica Abelleyra

Diana Mendieta: de alhajas y lágrimas

Lo suyo ha sido enamorar a los materiales y dejarse seducir por ellos. Primero fue la cerámica y la modesta decisión de hacer vasijas. Pero, tras concluir muchos años de un matrimonio que la nulificaba, vencer los miedos y desplegar las alas, Diana Mendieta (DF, 1963) no sólo multiplicó las pieles con las cuales construir metáforas, sino que aquellos objetos tomaron variados cuerpos: mujer, vagina, arco, seno, collar, cacto, que devienen universos lúdicos, lúbricos, irónicos y conmovedores.

En su familia no había antecedentes artísticos; si acaso una tía escritora y el placer de la pequeña Diana por comprar plastilina en lugar de dulces con los domingos de cada semana. Así que el anhelo juvenil de estudiar artes plásticas “con una bola de bohemios”, encontró el rechazo de sus padres y la decisión complaciente por una carrera como la de Arquitectura (en la unam ) que le daba tranquilidad en su relación familiar y pocas satisfacciones íntimas.

A los veinte años hizo todo lo que los demás esperaban de ella: no ejerció como arquitecta pero se casó, parió cuatro hijos y la vida transcurrió en Mérida, donde cumplía el papel de ama de casa apoyada por choferes, servicio doméstico, mucha vida social, pero también un denso vacío: “No me pegaron físicamente, pero sí sufrí violencia emocional. Lo permití. Y cuando empecé mis clases de escultura en cerámica y vi algo de lo que era una existencia plena, me auto boicoteé cuando, a pesar de un mal matrimonio, me embaracé de mi cuarto hijo, una niña.”

Con todo, continuó con las clases de escultura que le daba Gerda Gruber. Empezó a soltar las ataduras de confeccionar sólo vasijas y, cuando nació su bebé, decidió divorciarse. Ya había participado en la constitución de Mujeres en Lucha por la Democracia (en Mérida), así que tenía la deuda de buscar la democracia en casa.

Con cuatro hijos que mantener y problemas económicos severos por un escaso apoyo del ex marido, Mendieta continuó con su placer por la escultura y omitió las sugerencias de ceñirse solamente a la cerámica. Empezó a combinarla por fierros, maderas, plásticos, textiles y todo lo que se le ocurría. No sólo en los materiales hubo cambios. También en las formas se notaron rebeliones: el sesgo puramente figurativo de sus primeros intentos, con mujeres desgarradas, se tornó en figuras infantiles más juguetonas y menos evidentes en la literalidad de los contornos: oquedades que se tornaron vulvas, senos, bocas.

La dificultad de vender su obra y su nula capacidad para auto promoverse, hizo que tocara fondo y hasta lo rascara. Pero un mecenas apareció en su vida y le facilitó la continuación del trabajo creativo por varios años junto a sus hijos, un nuevo marido italiano, su palapa en Cholul y sus invenciones de milpas con referencias al Popol Vuh, arcos construidos con envolturas de comida chatarra, mujeres frondosas enchiladas (adornadas de chiles), instalaciones de palomitas de maíz o una especie de panales de chile cascabel.

Verduras, semillas y tubérculos han sido sus materiales de placer en años recientes. En resina encapsula mazorcas de maíz, hilvana panes para colocarlos como mandalas en pleno mar de la hermosísima Laguna de Bacalar, inserta botones como pezones en cactus de cerámica o henequén.

Una de sus últimas exploraciones tiene como material central a la cebolla. Decenas de ellas ensartadas como perlas, lágrimas o burbujas que coloca en troncos de árbol o en medio de las aguas sinuosas del mar. Dice al respecto: “Me ha gustado cocinar y en la mayoría de los hogares las mujeres siguen diciendo que son felices como las señoras de la casa. Y allí las tienes, partiendo cebollas y chille y chille. Yo lo viví y creo que es la historia de muchas mujeres.” El tono sin embargo es más festivo que dramático. “Podría continuar con el discurso de la mujer doblegada y maltrecha, con formas abstractas pero de tono ensangrentado, sin embargo estamos bastante jodidos como para mejor hablar de esperanza y reírnos de nosotras mismas, de decir, bueno sí, hemos llorado, pero somos una alhaja que merece ser atendida y amada.”

Si bien asume su poco interés en empaparse de la historia del arte “para no influenciarse del arte de los demás”, acepta que cuando vio una obra de Ana Mendieta le impactó el nexo que pudo observar en la obra de la cubana y su propio trabajo. Sin embargo, continúa con su hábito de no sobre informarse, pues además tiene el síndrome de atención dispersa que le dificulta recordar nombres y detalles.

Además de la confección de un vestido de noche hilvanado con chiles piquín en vez de chaquira, como una especie de parodia de la cincuentona Barbie y la tendencia de moda anoréxica, planea trazar en su mente los primeros mapas para construir una fundación en Bacalar, donde acudan artistas visuales, bailarines y escritores a desarrollar parte de su trabajo en estancias temporales. “Todos se emocionan y me dicen ¡Qué bueno Diana, hazlo! Yo les reviro ¡Hagámoslo!”, sonríe la amante del desapego, y que pronto construirá su casa en esa laguna, acompañada cada vez de menos cosas y más agua y sol.