Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 26 de abril de 2009 Num: 738

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Afganistán: una balada de Theodor Fontane
RICARDO BADA

Dos poemas
NIKIS KARIDIS

Italo Svevo y La conciencia de Zeno
ANNUNZIATA ROSSI

Martin Buber: ética y política
SILVANA RABINOVICH

Israel-Palestina: una tierra para dos pueblos (fragmento)
MARTIN BUBER

Un poco de color y buenas actuaciones
RAÚL OLVERA MIJARES

La Iglesia y el muralismo en Cuautla: cincuenta y siete años de censura
YENDI RAMOS

Columnas:
Jornada de Poesía
JUAN DOMINGO ARGÜELLES

Paso a Retirarme
ANA GARCÍA BERGUA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

La Jornada Virtual
NAIEF YEHYA

A Lápiz
ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR

Artes Visuales
GERMAINE GÓMEZ HARO

Cabezalcubo
JORGE MOCH


Directorio
Núm. anteriores
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Enrique López Aguilar
alapiz@hotmail.com

Trepadores sociales

La idea de que puedan existir trepadores sociales debe asociarse con el nacimiento de la burguesía y con su idea de que la movilidad en la sociedad depende del talento personal para emprender negocios y dinero, lo cual redunda en la acumulación de bienes. Desde el punto de vista de la antigua aristocracia, la manera que tenían los burgueses de ascender era una muestra de escalamiento, con el que se violentaban los derechos de los títulos y de la sangre. En todo caso, el espíritu burgués admitía como algo adecuado la posibilidad de saltar en las clases sociales gracias a la habilidad para hacer dinero. A esto, que pudiera considerarse como la regla burguesa para prosperar (cuyo reflejo se encuentra expresado en la frase de Adam Smith, “dejad hacer, dejad pasar”), también engendró su contraparte: la de los trepadores que, dejando de lado las normas burguesas, recurrían a su astucia para obtener recursos y ascender “a su manera” en la escalera social, lo cual se conseguía de manera inescrupulosa.

Acerca de este tema escribió mucho la novela francesa decimonónica y, por lo menos, quedaron dos notables personajes trazados bajo el “carácter” del escalador social: Julien Sorel, de Stendhal, y Eugène de Rastignac, de Balzac (personaje que aparece en novelas como Papá Goriot, Las ilusiones perdidas, Esplendores y miserias de las cortesanas, La casa Nucingen y Los secretos de la princesa Cadignan). Quiero detenerme en el personaje de Sorel.


Stendhal

El modelo de ese siglo fue Napoleón, isleño corcegués que, “a su manera”, venció a la realeza francesa derrotada y a la correspondiente Revolución triunfante. El apellido de Napoleón fundó el adjetivo bonapartismo, que es el nombre elegante del alpinista social: un hijo de nadie (desde la perspectiva aristocrática) brinca de tal manera que se convierte en emperador de Francia y en conquistador de Europa. ¿Cómo no imitar o admirar ese arquetipo? Lo demás es historia, desde Austerlitz hasta Waterloo. Julien Sorel mira el inventado pueblo de Verrières desde las alturas, como un joven Bonaparte dispuesto a conquistar su modesta Francia; menos romantizado, mucho más pragmático y más rencoroso, Rastignac avanza desde los lugares que le otorga París y de las cínicas enseñanzas que le ofrecen Vautrin y Goriot para obtener de todos el lugar que cree merecer en la Urbe decimonónica. Sus designios no son “imperiales” sino personales y ubican en botines delimitados su magra ambición: enamorar, seducir, sobornar, manipular y utilizar a los demás para llegar a donde desean: el lugar del dinero.

En su libro Mentira romántica y verdad novelesca (Mensonge romantique et vérité romanesque, 1961), el crítico y filósofo René Girard identifica una de las claves en la estructura temática de Le Rouge et le Noir (la novela debe su nombre al color de dos uniformes epocales: el negro de los clérigos y el rojo de los militares) a la que él denomina deseo triangular o “mimético”. Desde el punto de vista de Girard, la novela de Stendhal revela cómo, en cualquier individuo, el deseo por otro siempre es “intermediado” por un tercero –dicho bruscamente: se desea algo, o a alguien, sólo porque se percibe que alguien más desea lo mismo. Esta hipótesis intenta dar cuenta no sólo de la aparente perversidad de la relación entre Mathilde de La Mole y Julien, en particular durante el episodio en el que éste inicia el cortejo de Madame de Fervaques a fin de provocar celos en Mathilde, sino también la fascinación con que Julien aspira a la alta sociedad a la que tanto desprecia.

Aunque seduce a Mathilde y a Madame de Rênal, quienes luego abogan por él –no obstante los daños ejercidos contra ambas mujeres–, y cree haber alcanzado un elevado lugar en la sociedad gracias a su astucia, Sorel termina condenado a la guillotina. De alguna manera, valdría decir que el ejercicio bonapartista de Sorel concluye con un simbólico Waterloo donde no existieron los exilios de Elba y Santa Elena, y finaliza con la misma muerte de Luis XVI y María Antonieta.

¿Ha concluido el arribismo social? El capitalismo voraz sugiere que quien no se hace rico desde los veinticinco años es un fracasado, lo cual prohíja cánceres capitalistas, abominables en la vida cotidiana: “Cásate, ten un hijo y haz de tal manera que te divorcies para que la legislación te otorgue beneficios: una pensión vitalicia por dos años de convivencia.” Más allá de las palabras, quienes siguen esta ilusión tienen al frente vivir bajo la cínica moral de Rastignac, o el destino final de Sorel, et tout le rest c'est literature.