Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 8 de noviembre de 2009 Num: 766

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Los testigos declararon
ORLANDO ORTÍZ

Tres poemas
SARANDOS PAVLEAS

Berlín, ciudad abierta
ESTHER ANDRADI

La calle era una fiesta
YURI GÁRATE

Ossis, Wessis y döner kebab
CUINI AMELIO ORTIZ

La ciudad que más cerca queda de Berlín
LUIS FAYAD

Todo pasaba tan rápido
LUIS PULIDO RITTER

Hombre mirando al este
MARIO VÁZQUEZ

9/XI/1989: Berlín se me hizo cuento
RICARDO BADA

Lo Increible había pasado
TELMA SAVIETTO

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Columnas:
Jornada de Poesía
JUAN DOMINGO ARGÜELLES

Paso a Retirarme
ANA GARCÍA BERGUA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

La Jornada Virtual
NAIEF YEHYA

A Lápiz
ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR

Artes Visuales
GERMAINE GÓMEZ HARO

Cabezalcubo
JORGE MOCH


Directorio
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Enrique López Aguilar
alapiz@hotmail.com

El comienzo de la escritura poética

A Federico Patán

Leyendo una crónica de Federico Patán, “León Felipe en Querétaro”, aparecida en su libro más reciente, Crónicas literarias, me encontré con una meditación suya acerca de los talleres literarios que me llevó hacia otros rumbos del quehacer del escritor. Dice Patán: “El taller se da en la Sala Frida Kahlo. El viernes, correspondiente a narrativa, hay unas quince personas; el sábado, dedicado a la poesía, el número aumenta a veinte. Mi impresión, al cabo de las dos reuniones, es que hay mayor ingenuidad en el manejo de la poesía que en el de la prosa. Comenté en broma, a los participantes, la presencia casi absoluta de la poesía amorosa. Pero fue un hecho, como si por alguna razón estuviéramos condicionados a unir siempre poesía con enamoramiento. Enamoramiento generalmente trágico.”

Las palabras de Federico Patán me hicieron reparar en el hecho de que, en efecto, el estado de enamoramiento pareciera provocar la pulsión de escribir poesía, por lo que no es infrecuente que algunos adolescentes pretendan plasmar sus (in)felicidades amorosas en una página donde, bien o mal, se acuestan palabras que quieren parecer versos. Es seguro que la mayor o menor eficacia de sus líneas dependerá de las lecturas que hayan hecho y, tal vez, con el paso del tiempo, alguno de esos jóvenes se convierta en un verdadero escritor. Sin embargo, no deja de ser inquietante que el sentimiento amoroso (feliz o contrariado: a mí me ha sido dado leer páginas de jóvenes entusiastas –de ambos sexos– donde buscan plasmar la euforia del descubrimiento sexual, del desembarco en el cuerpo de otro donde se termina descubriendo el propio) parezca ser el impulso germinal del texto poético (porque los jóvenes enamorados no escriben cuentos ni narraciones, sino “poesía”).


Roland Barthes

¿Por qué elegir la poesía como vehículo “comunicador” de estados afectivos íntimos? Creo que la respuesta es obvia: por el ilustre catálogo de poemas amorosos con que se puebla la historia literaria. Bien o mal entendidos, esos poemas cristalizan todo lo que uno quisiera decir acerca de la multitud de cosas que transcurren dentro de un alma ena morada: incertidumbres, zozobras, encuentros y desencuentros, cielos e infiernos, saludos y despedidas… Todo aquello que, de otro modo, Barthes ejemplifica en su Fragmentos de un discurso amoroso. Nunca faltará el poeta o el verso donde cualquiera hallará lo que quiere decirse a sí mismo, decirle al otro o avisarle al mundo. Y, después de haber sido deslumbrado por la tradición poética, casi parece natural que Uno diga: “Caramba, ¿y por qué yo no escribo lo mío? Mi sentimiento de amor es tan personal, único e inefable, lo mismo que mi Amada/Amado, que sólo yo puedo hablar acerca de él.” Y ahí viene el primer poema de amor.

Pero la poesía es la más compleja y alambicada de las formas literarias, pues supone figuras, formas, arquitecturas, significados y significantes que buscan escapar del uso común del lenguaje para formar paisajes nuevos, para alcanzar horizontes impensados. La poesía es hermana de la música de cámara: huidiza, difícil, compleja y seductora, pero tacaña a la hora de entregarse a todos… ¿Por qué, entonces, el comienzo de muchas escrituras literarias –que, tal vez, nunca superen el momento juvenil de arrebato amoroso y erótico– busca instintivamente manifestarse mediante la imitación de hechos poéticos?

Intuyo que el fenómeno mencionado se sustenta en confundir la sospecha de que el poema es un objeto verbalmente perfecto con la sensación de que el estado amoroso personal es un acontecimiento nunca antes visto en la historia del Mundo. El resto del silogismo parece sencillo: si la poesía construye monumentos verbales únicos con las palabras de todos los hablantes (esto fue la premisa mayor), yo vivo un amor que se parece al de todos –pero que es único e irrepetible– (esto fue la premisa menor); por lo tanto, sólo la poesía puede traducir la originalidad de mi amor (ésta fue la conclusión). Lo siguiente es que el enamorado produzca cosas que parecen poemas con cosas que parecen versos: metros imperfectos más rimas monótonamente disonantes.

Qué fácil el olvido –cuando se es un lector imberbe– de que el poema, como la novela y el cuento, son capaces de abordar todos los asuntos humanos desde todas las variantes formales imaginables. Hay cursos “de creatividad” donde se considera que todo es útil para expresarse, incluida la poesía. Sí, es importante, pero nunca se dice que, así ofrecido, el resultado nunca será un verdadero poema.