Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 29 de agosto de 2010 Num: 808

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Juan Bruce-Novoa: Only the Good Times
ALBERTO BLANCO

El síndrome de Procusto y la política científica
JUAN JOSÉ BARRIENTOS

Monet, impresionista
Presentación

Los deudores de Monet
FRANCISCO CALVO SERRALLER

Los ojos de Monet
JOHN BERGER

Ella casi bella
GUILLERMO SAMPERIO

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Columnas:
Prosa-ismos
ORLANDO ORTIZ

Paso a Retirarme
ANA GARCÍA BERGUA

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ALONSO ARREOLA

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La Jornada Virtual
NAIEF YEHYA

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Directorio
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El síndrome de Procusto
y la política científica

Juan José Barrientos

El Sistema Nacional de Investigadores se estableció por un Acuerdo Presidencial publicado en el Diario Oficial de la Federación el 26 de julio de 1984, “para reconocer la labor de las personas dedicadas a producir conocimiento científico y tecnología”, pero debido a algunos ajustes al reglamento cada vez se le ha dado mayor importancia a la formación de recursos humanos, es decir a la enseñanza y otras actividades académicas, como la dirección de tesis de licenciatura y postgrado, con lo que se ha impuesto un modelo de investigador docente en detrimento de quienes no trabajan en instituciones de enseñanza.

En 1994, el reglamento establecía como requisitos: “Para el nivel I, poseer el grado de doctor y participar activamente en trabajos de investigación, lo que demostrará mediante la publicación de trabajos de investigación en revistas con arbitraje y nivel internacional o en libros publicados por editoriales de reconocido prestigio académico.”

No se requería nada más, pero en 2003 se hizo un ajuste al texto: para el nivel I, poseer el grado de doctor y participar activamente en trabajos de investigación original científica y/o tecnológica de alta calidad, lo que se demostrará mediante la presentación de productos de investigación o desarrollo, incluso patentes, reportes de proyectos y reportes de desarrollo, “siendo deseable la participación en actividades educativas tales como la impartición de cátedra, la dirección de tesis de licenciatura o postgrado, la formación de recursos humanos de alto nivel u otras actividades docentes o formativas.”

Lo importante todavía era tener el grado de doctor y realizar investigaciones; la impartición de cursos, la dirección de tesis, la formación de recursos humanos, etcétera, eran algo “deseable”, pero no indispensable.


Ilustraciones de Huidobro

En cambio, en el reglamento actual se requiere, para el nivel I: a) Poseer grado de doctor; b) Haber realizado trabajos de investigación científica o tecnológica original y de calidad, lo que demostrará mediante la presentación de sus productos de investigación o desarrollo tecnológico; c) Haber participado en la dirección de tesis de licenciatura o postgrado, impartición de cursos, así como en otras actividades docentes o formativas. Y por si fuera poco ahora incluso se pretende que nos involucremos en la burocracia académica participando “en cuerpos colegiados de evaluación científica y tecnológica o cuerpos editoriales, la participación en comisiones dictaminadoras, particularmente las del CONACY, o como evaluador técnico para el seguimiento de proyectos apoyados por el Consejo o los Fondos CONACYT; la divulgación y difusión del conocimiento científico o tecnológico; la vinculación de la investigación con los sectores público, social y privado; la participación en el desarrollo de la institución en que presta sus servicios y en la creación, actualización y fortalecimiento de planes y programas de estudio”.

En otras palabras, el Sistema Nacional de Investigadores, a secas, se ha venido transformando en un organismo de investigadores-docentes, o de docentes-investigadores, como alguien señaló, pues la investigación se ha postergado.

Todo lo contrario, en fin, de lo que pasa en otros países donde ya se descartó este modelo de investigador-docente. En España, un investigador tenía forzosamente que dar clases y por eso un destacado científico dijo que “un premio Nobel no llegaría a catedrático si sólo hace investigación.”

A eso se le atribuye la “fuga de cerebros” –el hecho de que entre tres y diez mil científicos españoles se fueran a trabajar a otros países donde no tenían que sacrificar ni una hora a la enseñanza. (Véase el artículo “Que vuelvan los cerebros” en el sitio http://www.elpais.com/articulo/sociedad/vuelvan/cerebros/elpepisoc/20071208elpepisoc_1/Tes/).

Por suerte, todo eso se acabó con la nueva Ley de Universidades promulgada en 2007, que permite contratar personal para que se dedique a la investigación exclusivamente.

En cambio, en México se ha impuesto un modelo de investigador-docente que funciona como un auténtico “lecho de Procusto”. Como es sabido, este personaje de la mitología era un asaltante obsesionado por la igualdad que se divertía ajustando la estatura de las personas que capturaba, a las que después de desvalijar obligaba a acostarse sobre una piedra.

Si la víctima tenía el mismo largo que la piedra, podía retirarse, pero si los pies sobresalían, Procusto mandaba que le cortaran las piernas. A los que por el contrario eran más cortos que su lecho les mandaba dar una estiradita. Obviamente, muy pocos sobrevivían al “acostón”.

Debido a eso se suele hablar del “lecho de Procusto”, cuando alguien pretende forzar la realidad para meterla en su modelo. Desafortunadamente, esto ocurre a menudo, y detrás de las bienintencionadas palabras de los más respetables ciudadanos, podemos percibir la sonrisa perversa de Procusto. La naturaleza ha creado la más amplia variedad humana, paro los ideólogos del nazismo pretendían reducir la humanidad a un sólo modelo, el “ario”, alto, rubio y de ojos azules, deshaciéndose de quienes no llenaban los requisitos.

Durante la segunda guerra mundial se derrotó al fascismo militarmente, pero sus ideas renacen en lugares inesperados. El Programa de Mejoramiento del Profesorado se basa, por ejemplo, en la definición del “perfil deseable” al que deben ajustarse los profesores de las instituciones de enseñanza superior del país, y lo mismo pasa en el caso de los programas de estímulos al desempeño académico.

En un instructivo publicado por la universidad donde trabajo, se asienta “En la edición 2003-2005, el Programa de Estímulos al Desempeño del Personal Académico se propuso reforzar los procesos orientados a la construcción del perfil integral del académico de la Universidad Veracruzana, reconociendo la necesidad de propiciar la integración del trabajo docente con el de investigación, el de gestión y el de tutorías, en correspondencia con las políticas institucionales y en el marco de las de la Secretaría de Educación Pública.”

En otras palabras, se ha procedido a elaborar un modelo llamado “perfil deseable” o “perfil integral” del académico al que se pretende que se ajusten todos los profesores e investigadores para que el personal académico tenga un carácter homogéneo como si fuera una falange romana... Y lo dicen así, con toda tranquilidad, con el mayor aplomo y total convicción.

Se pretendía en un principio que los profesores investigaran un poco y no se limitaran a repetir año tras año los mismos cursos, y que los investigadores no se aislaran en sus laboratorios y participaran en la enseñanza, pero se incurrió inadvertidamente en la elaboración de estos “perfiles” o modelos, a los que se pretende que se ajusten los académicos. Lo mismo ha ocurrido en el Sistema Nacional de Investigadores, donde se ha ido implantando un modelo de investigador docente que coincide con el “perfil deseable” del Programa de Mejoramiento del Profesorado y el “perfil integral” del académico de los Programas de Estímulos al Desempeño Académico.

El modelo de académico que proponen debe realizar “de forma equilibrada actividades de docencia, generación o aplicación innovadora de conocimientos, tutorías y gestión académica”. Hay que hacer de todo y en la justa medida; si no, no hay “pilones” ni becas de postgrado ni promoción a los niveles II y III. Quienes no se ajustan al “perfil deseable”, se consideran implícitamente fenómenos indeseables que deben eliminarse o al menos marginarse y que desde luego no merecen apoyo.

Cualquier persona que haya leído algunas biografías de científicos destacados, o al menos haya visto películas basadas en ellas, sabe muy bien que no hubieran encajado en estos modelos. Por el contrario eran individuos muy singulares, excéntricos a veces, maniáticos incluso, que difícilmente hubieran podido aprovechar estos programas.

El modelo de investigador-docente que se ha impuesto en el país es una camisa de fuerza y un monumento a la mediocridad. La imposición de este modelo lesiona la libertad de cátedra, en el sentido más amplio de la expresión, es decir, entendida como la libertad que necesita tanto un docente como un investigador para el desempeño de su trabajo, y la Comisión Nacional de Derechos Humanos, que ahora incluso puede hacer investigaciones, debería emitir una recomendación al respecto.

El año pasado se celebró el bicentenario del nacimiento de Charles Darwin y hay que recordar que la diversidad de nuestra especie ha permitido asegurar su supervivencia. Si el planeta se enfriara y se convirtiera en un témpano o si, por el contrario, el sol lo transformara en un desierto de piedra, la mayoría de los seres humanos perecería, pero gracias a la variedad de nuestra especie habría siempre algunos supervivientes capaces de adaptarse a las nuevas condiciones.

México no necesita un tipo de investigador, sino investigadores de todo tipo. Hay que recordar algunas películas que se filmaron en Hollywood para contrarrestar la propaganda nazi, como Doce al patíbulo, también conocida como La pandilla salvaje (The Dirty Dozen), donde un grupo de soldados “de lo peor” son reclutados para enfrentar a la elite nazi en una misión suicida. Se trata de soldados indeseables, cuyos defectos resultan útiles en determinado momento. Los investigadores que ahora no encajan en el “perfil deseable” del PROMEP y el modelo de investigador docente, pueden ser los que a la larga hagan las mayores aportaciones al desarrollo del país.

¿Para qué queremos “todólogos” y “milusos”? ¿No es mejor dejar que cada investigador y profesor haga lo que le interese o le parezca importante? Hay que dejar a la gente en libertad de desarrollar su creatividad y no ponerle todo tipo de cortapisas.

La formación de recursos humanos debe ser objeto de reconocimiento, lo mismo que la participación en la difusión científica y cultural o en la administración, pero no deben tener un carácter obligatorio. No hay que olvidar que el Sistema Nacional de Investigadores se creó “para reconocer la labor de las personas dedicadas a producir conocimiento científico y tecnología”; eso es lo importante.