Directora General: Carmen Lira Saade
Director Fundador: Carlos Payán Velver
Domingo 26 de octubre de 2014 Num: 1025

Portada

Presentación

Bazar de asombros
Hugo Gutiérrez Vega

Antonio Cisneros
como cronista

Marco Antonio Campos

Los amores de Elenita
Paula Mónaco Felipe entrevista
con Elena Poniatowska

Retrato de Dylan Thomas
Edgar Aguilar

En mi oficio o ceñudo arte
Dylan Thomas

Presencia y desaparición
del mundo maya

Vilma Fuentes

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Columnas:
Bitácora bifronte
Ricardo Venegas
Monólogos compartidos
Francisco Torres Córdova
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Felipe Garrido
Al Vuelo
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La Otra Escena
Miguel Ángel Quemain
Bemol Sostenido
Alonso Arreola
Las Rayas de la Cebra
Verónica Murguía
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Trance, de Silvia Peláez: desdoblamiento
y delirio

Trance, escrita y dirigida por Silvia Peláez e interpretada por Carmen Ramos, es una obra sobre la escisión, el desdoblamiento y una forma de delirio en busca de una identidad que ha disuelto el abuso, la violencia y la impunidad que hoy cobran esas formas oscuras del poder que se le imponen a las víctimas de las modernas esclavitudes consolidadas a través de formas culturales, mafiosas y políticas que tejen redes que las invisibilizan como a los sujetos que atrapan en una cacería de presas débiles y desprotegidas.

Trance es un monólogo en el que la actriz Carmen Ramos (Tesa) se rinde a la historia del personaje para cruzar distintas dimensiones emocionales y mentales y presenta una historia que se va contando de manera alternada en asociaciones que progresan dolorosamente, para revivir una historia que no sólo no se puede olvidar sino que regresa con cada recuerdo, en cada evocación “accidental”, mientras prepara una cena en el ambiente doméstico de la vida que rehízo después de una experiencia que ha callado pero que emerge como lava a medida que avanza la noche y la representación.

Con un conjunto de elementos mínimo, Silvia Peláez resuelve el breve espacio escénico en el que se desarrolla la puesta. Tesa prepara una cena especial y frente a ella se despliegan los ingredientes de lo que será una ensalada con sus aderezos culinarios y verbales.


Silvia Peláez

Una mesa blanca como la del mago operador del tarot, la mesa del artista, donde tiene lugar la combinatoria de elementos que proponen una comunicación con el psiquismo de esa actriz a quien la directora conduce a través de ese umbral en el que se ha convertido el teléfono celular y ese espejo que te traga, una cámara que se monta en tripié para ofrecerle un testimonio de esa noche, del significativo séptimo año que vive Tesa con su secreto horrendo, humillante, vejatorio.

Y mientras, espera la llegada de Mariano, con quien ha rehecho su vida y cree haber olvidado su pasado que se dilata como los recuerdos, como esas alucinaciones y delirios y escisiones que hacen del personaje y su manipulación (dirección) un objeto que fascina por sus incursiones, inmersiones en el dolor vivo de un recuerdo, que en la representación vive en presente a través del recurso de convertirnos por momentos en los verdugos voyeristas que se plantan indiferentes en una butaca desde la cual cualquier acción está limitada por esa racionalidad que nos enclaustra como público en unos cinturones que son los límites del escándalo que significa ver sufrir a otro sin poder/querer hacer nada. Incluso sin despertarla de ese sueño maligno que la despoja de la libertad con la que ahora recuerda su esclavitud.

Son varios niveles sobre los que transita esta aventura. Uno de ellos es la correspondencia entre la visión psiquiátrica de un personaje que está en las fronteras, en lo border. Sin embargo, en los términos artísticos que se desvinculan de la clínica, es una poética donde el sujeto de la conciencia y el de la representación, el actor, muestran el claroscuro de esa subjetividad.

Silvia Peláez se arriesga a tratar un tema amarillo en los medios de comunicación, que ha sido utilizado para borrar las fronteras entre prostitución y trata de personas, y que ha suscitado polémicas en torno a la capacidad de decir sobre el propio cuerpo y, al mismo tiempo, construir una idea de mercancía que parece poseer una autonomía frente a los horizontes éticos tradicionales que consideraron a la prostitución como un vicio y, por otra parte, como una alienación y un vasallaje en la que interviene siempre un proxeneta que somete y secuestra la voluntad de la persona y al individuo mismo.

La doble moral del gobierno capitalino visibilizó huecos en la ley y se ha beneficiado de los malentendidos que han agitado a diputados y asambleístas, a clientes y oficiantes voluntarios, y ha evidenciado a un abyecto líder priísta que en el DF enmascaraba sus abusos con un barniz laboral y transformó revolucionariamente la selección de personal en humillantes casting.

Peláez se arriesga a que su desasosiego se lea como parte de los abundantes panfletos sobre la condición y destino de los grupos vulnerables (las mujeres, por ejemplo), cuyas buenas intenciones lo que suelen vulnerar es la visión artística de las exploraciones al colocarlas al servicio de una causa. La trenza que forman Peláez y Ramos impide que la política ahogue un trabajo auténtico y que conmueve.

Los lunes de octubre y noviembre a las 20:30 en el foro El Bicho.