Directora General: Carmen Lira Saade
Director Fundador: Carlos Payán Velver
Suplemento Cultural de La Jornada
Domingo 1 de noviembre de 2015 Num: 1078

Portada

Presentación

Ángel Pahuamba, testigo
de nuestro tiempo

Gaspar Aguilera Díaz

Roa Bárcena y los
cuentos de aparecidos

Edgar Aguilar

La hermosa
monstruosidad
de los insectos

Armando Alanís Pulido

Santa Muerte,
blanca Niña Bonita

Fabrizio Lorusso

Un viajante llamado
Arthur Miller

Ricardo Bada

La reserva ecológica del
Pedregal de la UNAM

Norma Ávila Jiménez

Leer

ARTE y PENSAMIENTO:
Tomar la Palabra
Agustín Ramos
Jornada Virtual
Naief Yehya
Artes Visuales
Germaine Gómez Haro
Bemol Sostenido
Alonso Arreola
Paso a Retirarme
Ana García Bergua
Cabezalcubo
Jorge Moch
Jornada de Poesía
Juan Domingo Argüelles
Cinexcusas
Luis Tovar


Directorio
Núm. anteriores
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La Jornada Semanal

 

Agustín Ramos

Z, imaginación documentada (II Y ÚLTIMA)

La novela Z, de Vasilis Vasilikós, y la cinta homónima, de Costa-Gavras, estuvieron prohibidas en la España franquista. Luego el franquismo pasó aunque sólo en parte, es decir, dejando el tufo de su bastardía en la nobleza retratada en las revistas chic y en los falsos progres que se ostentan en la prensa ídem.

La traducción directa del griego al español de la novela clásica de Vasilikós viene a paliar el obstáculo histórico que significó esa prohibición y comienza a resolver una dificultad consustancial a la propia obra en su idioma original.

Empecemos por lo segundo, la traducción. Llevada a cabo “conforme a las indicaciones del autor”, como señala la traductora, la obra concilia dos registros lingüísticos (el “popular” y el “purista”), dos propósitos narrativos (la “ficción” y la “no ficción”) y un género literario distinto: la poesía.

La comunicación de la traductora con el novelista debió por momentos parecer una confrontación con visos de indisoluble. Por lo menos esa impresión da un consumado prólogo que nos remite al hecho real inspirador de la novela, que expone ampliamente el contexto del atentado y sus consecuencias, que mete bisturí al proceso creativo de la obra, que traza una profunda semblanza del autor y finaliza relatando las peripecias de la traducción.

Al autor le importaba, sobre todo, que el trasvase conservara “el tono y la intencionalidad”,  “la funcionalidad” antes que la “literalidad”.  “La obligación del traductor para el autor –dijo Vasilikós a Flores Liera– es resolver los problemas expresivos.”


Escena de z

En ese sentido, lo más difícil para la traductora debió ser el hilvanar esos registros lingüísticos con todas las funciones que comportan. Para narrar los hechos, usó el lenguaje griego común y corriente; para hacer discursos y urdir prensa chayotera, manejó un lenguaje ampuloso (o sea con ámpulas, abiertas o cerradas, siempre llenas de la pus moral y física propia de principios de los años sesenta del siglo XX –ese ayer tan de hoy).

Otro trabajo titánico hasta para una poeta como Guadalupe Flores Liera, fue verter el lenguaje lírico que encierra en un puño los caudalosos coros de Esquilo y las agujas invisibles de tan finas de las Heroidas, de Ovidio. Porque los imprescindibles e intransferibles tramos elegíacos de la novela expresan todas las emociones derivadas de la muerte múltiple de quien muere, del vivo a quien esa muerte esclaviza, de esos otros que en sentido menos recto sufren la amputación: los recuerdos gratos e ingratos, la resurrección de culpas, la maldita esperanza de que todo sea un sueño, la nostalgia helada.

“Me haces falta. Ya sé que no existe el retorno. Sólo podrás existir en nuestra memoria. Mientras nosotros vivamos vivirás tú también…

“¿Cómo estás en ese silencio que no se escucha?

“Jamás imaginé que yo habría de sobrevivir. Te había dicho que la vida te pertenece a ti… Es de noche. Afuera el calor borra las estrellas… Todo se vuelve adiposo, como la piel del elefante. No existo. El calor me atonta. No, no somos agua, puesto que te amamos y no muere lo que uno ama. Sólo que ojalá yo estuviera en tu lugar y hoy tuviera tu pensamiento pensando de esta manera en mí. No, uno no muere cuando miles de bocas gritan ‘inmortal’ –o lo hace al menos una sola boca: la mía.”

Eso en cuanto a la traducción.

Pero hay más: la novela Z recién publicada comienza a resolver otro problema, un problema histórico. Vetada, como ya se dijo, en los tiempos de la peseta a veinticinco y los curas a sueldo militar, esta obra maestra universal autentificada por medio siglo de rotunda vigencia ha carecido casi por completo de difusión entre los lectores hispanohablantes.

Eso sin contar con que las versiones en español anteriores a la actual provenían del francés y no agradaban al autor. Igual que el público de cine, libros y periódicos, Vasilikós debió soportar la rebaba colonialista de las traducciones peninsulares (comentando la proliferación de diccionarios de los dialectos del español de Iberoamérica, Vicente Leñero proponía elaborar uno del español de España).

Más allá de imperialismos rancios tan de moda, una voz muy autorizada sostiene “que la causa de que Z no haya calado en el mundo hispanohablante se debió a que no fue bien recibida en España”, y no sólo por cuestiones políticas e ideológicas, sino también porque algunas de las pesquisas del atentado dibujan en su real medida a la reina Federica de Grecia, la madre de Sofía.