Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 17 de mayo de 2009 Num: 741

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Marcianos
ARNOLDO KRAUS

Plinio: un precursor
LEANDRO ARELLANO

El pájaro mayor
HERMANN BELLINGHAUSEN

Noventa años de la revolución proletaria en Hungría
MAURICIO SCHOIJET

Radicalmente Rosa
ESTHER ANDRADI

Cézanne y Munch: divergencias y convergencias
HÉCTOR CEBALLOS GARIBAY

Leer

Columnas:
Señales en el camino
MARCO ANTONIO CAMPOS

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Cabezalcubo
JORGE MOCH

Mentiras Transparentes
FELIPE GARRIDO

Al Vuelo
ROGELIO GUEDEA


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 

Verónica Murguía

Fúchila

Hace unos meses, en el baño del lugar donde vivo apareció una rata dentro del excusado. Vivísima y coleando. Sucedió que yo andaba por ahí, aunque, misericordiosamente, ocupada en muy distintos menesteres cuando escuché un improbable chapoteo. Levanté la tapa, vi a la rata y di un grito que hizo que los vecinos se asomaran a las ventanas. La rata también se asustó al verme: hizo lo indecible por salir, pero naturalmente yo ya me había armado con el cepillo para limpiar el inodoro y le di con él en la cabeza. La rata huyó como pudo, y debo decir que la ayudé empujándole los cuartos traseros con el cepillo, utensilio que por supuesto di de baja después de sumergirlo veinte minutos en una cubeta llena de agua con cloro.

No es la primera vez que sucede. Es la tercera rata que se asoma, y debo decir que el dicho que afirma que “uno se acostumbra a todo menos a no comer”, ha de ser cierto, porque ya no me dio miedo. Pero asco sí que me da. La cara de las personas a quienes he referido este hecho, banal, por cierto, es de asco también. Hay quien, al escucharlo, se tapa la cara o grita. Seamos francos, la rata no pone en peligro la vida de nadie y dudo que aun en el peor de los escenarios, es decir, cuando el inodoro estuviera ocupado, la rata mordiera. Pero el asco es tal, que nadie, casi, piensa en eso. Es demasiado horrible.

El asco es algo tan fuerte que en este momento el baño de mi casa parece el escenario de un bombardeo: he invertido en el saneamiento y reconstrucción de la tubería la mayor parte de mis ahorros, y todo el mundo aplaude esta decisión, aun en estos tiempos de austeridad monacal.

Mientras los albañiles trabajan en el baño, yo me he puesto a pensar en el asco. Según el Larousse, asco es Repugnancia que causa el vómito. También Impresión desagradable y por último miedo. Ascoso es repugnante. Pero por más que he buscado, no he descubierto cómo se le dice a quien es propenso a sentir asco. Asqueroso, no. Claramente eso es repugnante. Ascoso, ya vemos que no. Recordé el adjetivo inglés queasy, y el diccionario me dice que queasy es delicado, débil de estómago, remilgado. ¿No hay un equivalente? No puede ser. La curiosidad me llevó a consultar el Diccionario Corominas, donde encontré que “Asco parece ser el antiguo usg íd. adaptado al radical de asqueroso ; port. osga, odio, tirria; vendrá de un verbo osgar, odiar”.

Sí, en el asco hay un rescoldo de odio, que es, me imagino, lo que hay detrás del impulso que nos obliga a pisar a la araña, a apachurrar – pero con un periódico – a la la ominable cucaracha, y a mí a darle un cepillazo en la cabeza a la rata. Asco, es decir repugnancia, miedo, es lo que hace que las personas se arremolinen alrededor de los puestos de periódicos para ver las fotos de decapitados; que el niño empuje con la punta del tenis al gato atropellado; que leamos dos veces la descripción del crimen en la nota roja. Es uno de los impulsos más poderosos. Por eso, sigo intrigadísima por la ausencia, al menos en el diccionario, de un adjetivo que defina la proclividad a sentirlo. Me quedo con remilgado, aunque lo que me trae a la mente es a una persona con la boca fruncida y una cantidad industrial de gel en el pelo.

Hay, imagino, ascos naturales. El asco ante el olor de la cadaverina, gas cuyo nombre nos informa a qué huele, ha de ser natural. Quizás, como el sobresalto que experimentamos al ver el color rojo, el asco ante el hedor del cadáver protege nuestra existencia. ¿Cuántos trabajadores no han muerto al limpiar sin el equipo adecuado fosas sépticas y drenajes varios? El doctor Francisco González Crussí ha escrito mucho y bien sobre este tema. Pero también hay ascos culturales.

A mí me da asco el olor del suadero, pero hay otros a quienes fascina. Las ratas son comestibles en muchas partes de Asia, así como ciertas especies de blátidos, o sea, de cucarachas. Los dayakos comen carnes podridas, así como los esquimales, y los quesos franceses son un gusto adquirido, porque huelen a calcetín. El sabor del cerdo, al que somos tan aficionados los mexicanos es, para los judíos y los musulmanes, anatema. Nunca le he preguntado a un hindú vegetariano qué le parece la moronga, pero sí me puedo imaginar su rechazo.

Me parece que el asco universal debería estar dirigido a cuestiones éticas, a la manipulación, a la violencia y la mentira. Por eso me da más asco el Partido Verde que la rata en el excusado.