Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 26 de julio de 2009 Num: 751

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

El lenguaje erótico y lo humano
JUAN MANUEL GARCÍA

La igualdad de los muertos
MIGUEL ÁNGEL MUÑOZ entrevista con JUAN GOYTISOLO

Ricardo Garibay: cómo se escribe la vida
RICARDO VENEGAS

Buscar la aventura
J. M. G LE CLÉZIO

50 aniversario del movimiento ferrocarrilero
AGUSTÍN ESCOBAR LEDESMA

Haruki Murakami: el adolescente que fuimos
JORGE GUDIÑO

Leer

Columnas:
La Casa Sosegada
JAVIER SICILIA

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Cabezalcubo
JORGE MOCH

Mentiras Transparentes
FELIPE GARRIDO

Al Vuelo
ROGELIO GUEDEA


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Treinta años de La Fura dels Baus

Cierto es que el trigésimo aniversario de una agrupación afamada es un hecho en primera instancia encomiable; no obstante que la tradición europea se ha afincado esencialmente en el trabajo en el largo plazo de compañías estables, resulta excepcional la constancia de una que se ha consagrado a una espectacularidad tan desaforada. Más allá de la celebración se impone, sin embargo, la reflexión sobre un fenómeno sin duda alguna particular, cuya aparición, subsistencia e impacto entraña factores múltiples, contrastantes e incluso contradictorios.

Lo concreto es que a lo largo de esos treinta años de trayectoria y más de una veintena de proyectos gestados y presentados en todo el mundo, incluido nuestro cabizbajo país, la agrupación catalana La Fura dels Baus ha corroborado una de las profecías más connotadas de Baudrillard, ya referida en este espacio: aquella que, basada en cierta fábula de Borges, pronosticaba que la hiperestimulación de la modernidad nos orillaría a pensar como reales a los mapas antes que a los territorios que éstos habrían de representar. En esencia, y pese a momentos genuinos derivados de una búsqueda inicial originada en la precariedad del teatro callejero catalán de finales de los setenta, La Fura se ha encargado de posar una lupa sobre ciertos elementos del teatro popular europeo de entre siglos, en especial los relacionados con el teatro de calle del que se originó, y los ha amalgamado con los de otras manifestaciones afines (danza, teatro de sala, performance, ópera, etcétera). Y es conocido que esta exacerbación ha paseado por todo el mundo en medio de una aceptación al borde de la unanimidad y de un impacto mediático que los ha convertido en referencia y, para algunos, también en referente.

La Fura se ha encargado de fomentar la especie de que esta amalgama y exageración de elementos aislados y tomados de distintas disciplinas ha devenido lenguaje, que ellos mismos han definido como “furero”. Mediante este precepto, los catalanes ponen en duda la probable trascendencia de su propio código particular, y han concedido involuntariamente que la profundidad de su discurso es insuficiente en términos de significado; si el discurso es la unidad primera del lenguaje y del pensamiento, a decir de Ricoeur, y si este discurso se cree incapaz de comunicar efectivamente (acaso justamente por la falta de un lenguaje definido que lo sustente), habrá que fortalecer la idea de que lo que se presenta es lenguaje en estado puro, lo que habilita y justifica la arbitrariedad, la falta de sistematización y la anarquía.

Como en todos los ejercicios signados por la desmesura poética, estética y formal, algo hay de verdadero y auténtico en los espectáculos de La Fura; paradójico resulta, sin embargo, que radique en los gestos mínimos, en los tejidos microscópicos que la compañía, desde su multirreferenciada aparición en la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de Barcelona en 1992, se ha encargado de menoscabar en beneficio de un formato decididamente monumental. Paradójico pero no contradictorio, en tanto que las motivaciones de la agrupación denotan metamorfosis antes que traición: su tentativa de agenciarse espacios no convencionales para la representación ha devenido precisamente en un teatro que, de tan deliberada y repetitivamente atípico, se ha vuelto ya típico en sí mismo, a tal grado que ha prefigurado su propia defunción. Por ello no resulta extraño que el legado de La Fura dels Baus se circunscriba a esta efervescencia por subvertir espacios urbanos a partir del multimedia; la existencia de una escuela propiciada por sus espectáculos ha probado ser, si no inexistente, al menos efímera y perecedera, con pocos predecesores que más bien se han ubicado en el campo del entretenimiento clónico –los argentinos De La Guarda como ejemplo preclaro.

Será entonces un puñado de imágenes aisladas –las instantáneas de esta geografía del exceso–, lo que perdure en la retina y en la memoria de quienes han comparecido a los espectáculos de La Fura dels Baus. Acaso su herencia sea la de confirmar que, por pormenorizada y verista que sea la cartografía, la experiencia de vivir y habitar un espacio, aun imperfecto, es incomparable a la de contemplarlo maquilado y predigerido.