Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 27 de septiembre de 2009 Num: 760

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Dos cuentos
ENRIQUE HÉCTOR GONZÁLEZ

La hora nada
KRITON ATHANASOÚLIS

El cuarto jinete
LEANDRO ARELLANO

El liberalismo desquiciado
ANGÉLICA AGUADO HERNÁNDEZ y JOSÉ JAIME PAULÍN LARRACOECHEA entrevista con el doctor DANY-ROBERT DUFOUR

Variaciones de una indignación: cinco poetas de Kenia

Taibo I y Taibo II con semana negra
MARCO ANTONIO CAMPOS

Leer

Columnas:
Mujeres Insumisas
ANGÉLICA ABELLEYRA

Paso a Retirarme
ANA GARCÍA BERGUA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

La Jornada Virtual
NAIEF YEHYA

A Lápiz
ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR

Artes Visuales
GERMAINE GÓMEZ HARO

Cabezalcubo
JORGE MOCH


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 

Dos cuentos

Enrique Héctor González

Doble hallazgo

La esperé casi una hora, más tiempo del que debía. Llegó con cara insomne y algún leve descaro en el escote del suéter; sin brasier, sin medias.

–Ya me iba –mentí.

–¿Y?

–¿Puedo servirme algo?

–¿No lo has hecho ya?

– No –volví a mentir. Llevaba dos whiskys esperando.

–Creo que fui muy clara contigo. Debías saber que un affair es siempre provisional, y qué bueno que lo sea.

–No es eso –me oí decir–. Vine a que me devolvieras algo.

–¿Qué tengo tuyo todavía? –apuntó con ironía, mientras se pasaba una mano por esas sus caderas cinceladas con un esmero memorable.

–Son más bien dos cosas: mi rímel azul y mi autoestima. –Lo dije sabiendo que lo tomaría a broma.

–Búscalos en otra parte, querida, me aburre todo lo que tiene que ver contigo.

Me levanté del sillón en que había estado sentada por casi una hora, con la garganta hecha polvo pero decidida a no llorar. Camino del cuarto, me topé con el frasquito de rímel en la repisa media del librero en el que Brenda se recargaba indolentemente, bostezando por dentro, fingiendo. Al coger el cosmético, sentí que el contacto iluminaba mi mente: salté sobre ella, le di un topetazo en plena cara y salí de esa casa un poco más atontada de como entré, pero con la conciencia de haber recogido mis dos pertenencias.

Razón de peso

Sin otro particular, quedó de mí la autora de esta epístola detestable. Por la presente renunciaba al puesto que venía desempeñando como asesora doméstica de nuestro hábitat natural. Los motivos de la dimisión no tenían que ver, en modo alguno, ni con el clima organizacional, ni con la política de incentivaciones implementada en los últimos tiempos, ni con las dificultades inherentes a la competencia directa, ni con la imagen corporativa de la casa, ni con tan escasas perspectivas de proyección, ni con la exitosa campaña de reubicación de los espacios (que estrechó su relación nocturna con la mascota de la casa), ni siquiera con la nueva política fiscal de activos intangibles (que redundó en tres años de congelamiento en su percepción salarial), sino sencillamente con el hecho de que mi mujer la descubrió devorando en la sala el belicoso obelisco de nuestro hijo mayor.