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En asamblea en Ostula, deciden enviar hombres a la costa

Autodefensas toman La Placita ante una amenaza de desalojo

Aquí no van a pelear, los mafiosos se fueron hace un mes, dice anciano

Arturo Cano
Enviado
Periódico La Jornada
Viernes 14 de febrero de 2014, p. 7

Aquila, Mich., 13 de febrero.

¡Vamos a reventar La Placita!, gritó Semeí Verdía, apenas hace dos horas comandante de la policía comunitaria de la tenencia de Ostula, electo de modo unánime por una asamblea de mil 200 personas.

Semeí tenía prisa. Regresó a su pueblo apenas el sábado anterior. Se fue vestido con su uniforme de futbol y volvió empistolado cuatro años después. Casi no esperó a que votaran su nombramiento –y los de otros seis jóvenes desplazados como él–, porque llegó un aviso urgente: la amenaza de desalojo de las familias que habitan Xayakalan, la más nueva de las encargadurías de Ostula, por un individuo que se ostentó como agente del Ministerio Público y algunos policías.

La asamblea resolvió de manera expedita los pendientes y, acto seguido, unas 70 camionetas cargadas de hombres con armas largas, acompañadas de otras con civiles solidarios, enfilaron hacia la costa por las sinuosas curvas.

Cuarenta minutos después, las autodefensas, hasta ahora amarradas por el gobierno federal en Tierra Caliente, caminaban por la playa y tumbaban cocos.

El sábado 8 de febrero, Semeí y otros seis jóvenes desplazados habían regresado a Ostula. Los acompañaron una treintena de miembros de las autodefensas de Aquila, así como de los municipios vecinos de Caolcomán y Chinicuila.

Este jueves, el número de comunitarios creció a 200, pues era preciso cuidar la asamblea. Una parte de ellos no parecía tan interesada en la reunión como en la enorme olla donde se cocían trozos de carne estilo birria. La vaca fue cortesía de los migrantes que viven en California y Washington.

Xayakalan se creó apenas en 2009, de la mano de la policía comunitaria, revivida un año antes para enfrentar, sí, las extorsiones, la tala ilegal y otros delitos. Pero sobre todo para tratar de revertir el despojo de sus tierras.

Fuimos la primera comunidad de Michoacán que se levantó en armas. Por unas tierras fuimos en contra de los criminales. ¿Cierto o no, compañeros?

¡Sí!, respondió el coro de mil voces en el auditorio comunal.

La batalla política y legal por las 15 mil hectáreas que cambiaron de manos por un decreto de Gustavo Díaz Ordaz ha sido larga y penosa. La disputa es con la comunidad de La Placita, creada por efectos del decreto citado.

En los últimos años, para desgracia de Ostula, el conflicto agrario pasó a segundo plano. Los caballeros templarios se enseñorearon en La Placita y, para colmo, su jefe regional es originario del lugar.

Federico Lico González es su nombre y en La Placita es querido porque ayudaba y nunca se metía con nadie, aunque sí sabemos que en otros lados era un verdadero cabrón, dijo un abarrotero antes de cerrar las cortinas de su negocio tras la llegada de los comunitarios.

Ostula tiene el orgullo de haber creado la primera policía comunitaria de Michoacán –dice que incluso antes de Cherán–, pero también es dueña de una tremenda tragedia: todos sus comandantes acabaron muertos o en el destierro. La policía comunitaria fue prácticamente destruida por el crimen organizado, que entonces tuvo manga ancha para hacer negocios (o, si se quiere, extorsionar) a Ternium, la minera ítalo-argentina), caminos abiertos para sacar el mineral de sus explotaciones clandestinas y para terminar con los árboles de sangüalica, cuya madera va directamente a China.

Para Ostula, el costo fue devastador: 31 asesinados en cuatro años, muchos de ellos de manera salvaje (quemados vivos, despellejados, mutilados).

El caso más conocido –no el único, no el más horroroso– es el de un anciano torturado, desorejado y acribillado delante de miembros de la caravana de Javier Sicilia.

¿Cómo creen que me sentí de no poder venir a enterrar a mi abuelito?, lloró Freddy, nieto de Trinidad de la Cruz, don Trino, frente a la asamblea, poco antes de ser ungido comandante.

Semeí también había llorado. A él le mataron a sus dos tíos maestros, juntos. Y este es el primer día en que su padre, Refugio, vuelve, después de más de un año fuera, porque los templarios cayeron a su negocio, un pequeño restaurante, y le robaron todo.

Era la primera vez en años que la asamblea comunal se realizaba en libertad. Un hombre lo dejó claro: ¡Ahora me nació un gusto de que hay permiso de hablar!

Se llevó uno de los aplausos más prolongados.

En Xayakalan la gente había pasado la noche en vela, porque desde que los jóvenes retornados volvieron armados, ellos comenzaron a recibir las amenazantes visitas de los agentes ministeriales. Les advirtieron que este jueves los echarían de sus tierras.

Una provocación, porque el litigio agrario está en suspenso.

Por eso salieron las 70 camionetas con su carga de cuernos de chivo, R-15 y escopetas.

La caravana selló la alianza entre los mestizos de Aquila y la policía comunitaria de Ostula, comunidades que, en general, se han llevado de regular a mal.

El contingente, completado con los solidarios de Coalcomán y Chinicuila, fue detenido brevemente unos kilómetros después de salir, en un retén del Ejército Mexicano. Mientras los comunitarios de los primeros vehículos hablaban con los militares, atrás comenzaron a sonar las bocinas de las camionetas. A los soldados no les quedó más que dar paso franco, aunque media hora después un helicóptero militar sobrevoló el punto de llegada.

El aviso llegó por radio y se transmitió así: Bajen las armas porque va a venir una autoridad.

Diez minutos después llegaron tres camionetas de la Policía Federal (y luego otras, hasta completar diez). Los mandos bajaron y echaron discursos sobre la colaboración entre la PF y los comunitarios, sobre proteger a la comunidad, sobre la cultura de la denuncia, etcétera. Hasta se llevaron aplausos.

Luego se reunieron durante algunos minutos con Semeí.

Al terminar ese encuentro, el joven anunció que, por fin, los comunitarios entrarían al temido lugar llamado La Placita.

“¡Ámonos, queremos ver a Lico!”, gritaron los más entusiastas cuernos de chivo de Chinicuila.

La distancia es entre Xayakalan y La Placita es de sólo cuatro kilómetros.

Pero la fila debió esperar a que pasaran unos vehículos de la Armada de México, y luego pasó de largo frente al retén de los marinos, que parecían estatuas de sal.

La entrada a La Placita fue rápida. Ambas comunidades están sobre la carretera 200, la costera Playa Azul-Manzanillo. En la entrada de la población, los comunitarios hicieron un alto y tuvieron un breve intercambio con los federales. Entraron, sorprendieron a todo mundo y pusieron retenes en la entrada y la salida.

Los taxistas fueron los primeros en desaparecer. Las tiendas cerraron. Los comunitarios dieron vueltas y vueltas. Se quedaron ahí. No tengan miedo, no venimos a abusar, no nos vamos a ir, insistían con los ocupantes de los coches.

Dos ancianos se quedaron como si nada frente a la plaza que miró la veloz huida de los taxistas. Aquí no van a pelear con nadie. Los mafiosos se fueron hace un mes, dijo el más viejo.