Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 25 de octubre de 2009 Num: 764

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

El tono de la vida
ERNESTO DE LA PEÑA

Dos poemas
THANASIS KOSTAVARAS

Nicanor Parra: “Ya no hay tiempo para el ajedrez”
JOSÉ ÁNGEL LEYVA

Brandes y Nietszche: un diálogo en la cima
AUGUSTO ISLA

Treinta años de danza mexicana
MANUEL STEPHENS

Maestro Víctor Sandoval
JUAN GELMAN

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Columnas:
Mujeres Insumisas
ANGÉLICA ABELLEYRA

Paso a Retirarme
ANA GARCÍA BERGUA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

La Jornada Virtual
NAIEF YEHYA

A Lápiz
ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR

Artes Visuales
GERMAINE GÓMEZ HARO

Cabezalcubo
JORGE MOCH


Directorio
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Hugo Gutiérrez Vega

LAS EMPRESAS INFORMATIVAS Y LA ENAJENACIÓN (IV DE VII)

La ideología burguesa otorga al sistema una especie de coherencia, una unidad relativa basada en el criterio que fija la idea de “normalidad”, y al penetrar en las diversas esferas de la actividad humana, al decir de Gramsci, cimenta y unifica el edificio social. Busca la ideología mostrar que sus rasgos principales constituyen la esencia misma de la normalidad, y que los conflictos y antagonismos que en la sociedad se suscitan deben explicarse a través de una ley natural, inspirada en complicadas teorías psicológicas e independiente del modo de producción capitalista. Valiéndose de los medios de comunicación de masas y, de manera muy especial de la prensa, medio de opinión por excelencia, separa esos conflictos y antagonismos del contexto en que se dan. Cuando aparece en la sociedad un fenómeno indicador de la irracionalidad del sistema, la prensa, generalmente, se limita a narrar el hecho concreto y oculta el descubrimiento de la realidad social que el hecho ha despertado. Lo hace para enmascarar el verdadero rostro de las contradicciones del sistema. Recordemos la forma en que la prensa mexicana se ha venido refiriendo a los problemas que aquejan a las universidades del país; ha intentado darles explicaciones particulares, separando las universidades del contexto social, de la realidad política y económica en que viven; banalizando y trivializando la información, ha querido darles una explicación coherente con el cuadro de valores de la burguesía; conferirles, como confiere a todo lo pretendidamente insólito, un rostro fácilmente identificable. La opinión pública no ha sido llamada a descubrir, en los problemas universitarios, los fenómenos que demuestran la existencia de una crisis que afecta a todas las estructuras de la sociedad mexicana actual. En este caso, como en muchos otros, los medios de información y opinión han buscado, como decía Barthes, el vaciar de lo real un fenómeno social; dejar al sistema inocente, puri-ficado.

Debo advertir que no quiero incurrir en la ingenuidad del realismo socialista al hablar de la ideología burguesa y de sus variadas formas de manipulación de las verdades sociales, manifestadas a través de los medios de comunicación de masas que actúan bajo su dominio y control. No quiero representarla con los rasgos característicos que pintan a los buenos burgueses, a los jóvenes ejecutivos, a los eficientes tecnócratas, como monstruos dotados de garras y de largos colmillos manchados con la sangre de sus recientes víctimas. Pienso, con Enzensberger, “que la cohesión de una clase dominante es el producto de intereses comunes evidentes y no de acuerdos secretos y siniestras conspiraciones”. Deben verse como amables y educados señores que periódicamente ejercen la caridad y hasta patrocinan tareas artísticas y culturales. Creo que Enzensberger tiene razón al decir que su moral insanity no procede de su carácter individual, sino de su función social.

Identificar los medios masivos con las fuerzas económicas a las que sirven y pertenecen, es una premisa indispensable para despojarlos de sus mitos y para situarlos en su dimensión exacta de aparato ideológico, entendiendo por esto lo que Poulantzas, en su libro Facismo y dictadura, describe como “el miedo de que se sirven el Estado y las oligarquías económicas, no para crear la ideología, sino para promoverla y difundirla”.

La sociedad capitalista convierte todos los frutos de la actividad humana en bienes intercambiables en el mercado. Por esta razón las tareas intelectuales y culturales en general, se inscriben en el circuito mercantil y se convierten en objetos cotizables en la tienda de abarrotes de la sociedad de consumo. Los programas de radio y de televisión, las noticias de las agencias internacionales y los trabajos que los intelectuales realizan para los distintos medios, adquieren el carácter de cosas mercantiles. El público que recibe los mensajes, al igual que el consumidor alienado, participa pasivamente en el proceso productor. En este cuadro, paradójicamente activado por la participación pasiva de los emisores y de los receptores, es indispensable buscar las fuerzas activas a las que sirve todo el monstruoso aparato manipulador. En última instancia, los realizadores de los programas televisivos y radiales, los gárrulos locutores, los corresponsales de las agencias, los autores de “cabezas” sensacionalistas, los diagramadores de las estridentes primeras planas, los publicitarios que se exprimen la sesera para producir los anuncios idiotas que corresponden a la idiotez propia de los consumidores; los redactores de noticias, los artistas de telenovelas o de “churros” cinematográficos, y el público que consume, con creciente apetito, todos los productos de la “industria cultural”, somos simples piezas, tuercas insignificantes de la gigantesca máquina controlada por los poderes políticos y económicos.

(Continuará)

jornadasem@jornada.com.mx