Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 1 de noviembre de 2009 Num: 765

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Una vida en la actuación
RICARDO YÁÑEZ entrevista con MARTHA OFELIA GALINDO

Nota de presentación
MARCO ANTONIO CAMPOS

Bonifaz Nuño, universitario de excepción
JUAN RAMÓN DE LA FUENTE

Poema
RUBÉN BONIFAZ NUÑO

(Boceto de) mi trato con Bonifaz Nuño
FERNANDO CURIEL

Rubén Bonifaz Nuño
JUAN GELMAN

Un universitario llamado Rubén Bonifaz Nuño
JORGE CARPIZO

Un universitario paradigmático
DIEGO VALADÉS

Lowry: el que fue volcán
PAUL MEDRANO

Leer

Columnas:
Galería
SALOMÓN DERREZA

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

Mentiras Transparentes
FELIPE GARRIDO

Al Vuelo
ROGELIO GUEDEA

El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Cabezalcubo
JORGE MOCH


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 

Salomón Derreza

Guía de reseñas fabulosas

En su reseña del libro Gott ist mausetot (aproximadamente: Dios está muertísimo), del austriaco Christian Thempelsohn, aparecida recientemente en la revista fundada por Hans-Magnus Enzensberger Kursbuch, Sebastian Martenstein comienza citando el juicio enunciado por Marcel Reich-Ranicki, el crítico canónico de la literatura germanoparlante: “Poseedor de un vigor narrativo excepcional, en el que la lógica y la fantasía se muerden mutuamente la cola, Thempelsohn ha logrado acuñar el arquetipo del thriller teológico […] Nunca antes Dios había resultado tan vivo como en esta historia, donde realmente está muerto”. No satisfecho con ello, amplía magnánimamente la loa al incluir al autor en el triunvirato de los consagrados vieneses, formado por Elfriede Jelinek (Premio Nobel de Literatura 2004) y Daniel Kehlmann (Yo y Kaminski, La medición del mundo, Fama), al que sin mesura rebautiza como “el Triángulo de Viena”.

Luego, sin mayor preámbulo, entra de lleno en la materia: “Si en verdad es cierto que, como sucede con las mujeres, existen dos tipos de novela: las difíciles, cuyas primeras páginas resultan arduas, inaccesibles, como si se tratara de una prueba que el lector debe salvar para demostrar ser digno de ellas, y las fáciles, es decir, las que desde el primer momento nos seducen, se apoderan de nuestro espíritu y nos condenan a no poder interrumpir la lectura –entonces, sin duda alguna, Gott ist mausetot representa el ejemplo más logrado de estas últimas”. Con brutalidad dictamina: “La escena primera, en la que Jesucristo descubre el cadáver aún tibio de su padre asesinado, forma parte ya, encabezándolas, de las primeras páginas más memorables de la literatura de este siglo.”

“Y es a partir de esas premisas –continúa, tras recordar que el título original de la novela era Un asesino en el Paraíso– que Thempelsohn, con el más absoluto prurito lógico y la más desenfrenada fantasía, como si lógica y fantasía no fueran sino las dos superficies de una inaudita botella de Klein, arma un dispositivo literario de todopoderosa efectividad”. A modo de argumento ejemplifica: “De ese modo, no puede resultar sino lógico que el personaje destinado a aclarar el crimen (‘el detective', de acuerdo a las convenciones del género) sea el mismísimo demonio, el único fuera de sospecha. Y, al mismo tiempo, tal elección no puede sino desbordar nuestra imaginación más allá de lo tolerable.”

Tras citar otros pasajes que reafirman su opinión (memorable: “Dios pudo haber cometido el crimen perfecto al crear el universo. Pero pudo más Su vanidad –o Su horror–, y terminó por confesar Su autoría”), pasa al análisis de la forma. “La textura de la narración –escribe– es de una lisura absoluta, sólida, compacta. No hay en ella ninguna grieta que permita penetrar a un nivel más hondo, ningún pliegue que frene la lectura. El lector se ve sometido a una caída libre en la horizontal, en eso que posiblemente sea la figuración más perfecta del abismo superficial presentido por Baudrillard.” Y prosigue: “El autor prescinde de toda caracterización precisa de los personajes, lo cual, por otro lado, no era sino la única alternativa sensata, pues ¿acaso no resulta tautológico describir lo que todos conocemos –a María, San Pedro, el cielo y los ángeles? Parejamente perogrullesco resultaría intentar pormenorizar un amanecer, una flor o un desvelo de amor”. Sin el menor empacho concluye: “Mediante ese recurso estilístico, Thempelsohn restituye a la literatura su especificidad, su pureza, distanciándola de sus patéticas tentativas de imitar las artes visuales y devolviéndola a su primigenio origen (sic): la letra”. Pero se cuida de acotar: “No es que prescinda de las figuras retóricas, ¿qué literatura digna de ese nombre podría hacerlo? Lo que Thempelsohn logra es crear una escritura que va más allá de la metáfora.”

Al cabo de su reseña, Martenstein evoca otra de las analogías consagradas de la taxonomía novelística: “Hay novelas que son como una ejaculatio praecox, pues alcanzan su clímax mucho antes de que el lector haya terminado de leerlas (se representan con una V invertida); hay novelas que son como un logrado acto de amor, pues inician suavemente y, en un crescendo concertado, van ganando altura hasta concluir en un finale de apoteosis (su representación es una diagonal ascendente); y hay novelas que imitan el goce mítico de la mujer, pues se componen de una serie de orgasmos múltiples, cada uno de ellos más intenso que el anterior, sí, dolorosos con forme se van potenciando, y que sólo pueden concluir en un coitus interruptus salvador (su figuración es evidente). Gott ist mause tot es el único ejemplo que conozco de estas últimas.”

Toca juzgar al lector a cuál de esas especies corresponde la reseña aquí discutida.