Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 3 de mayo de 2009 Num: 739

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Novela y educación
HÉCTOR CEBALLOS GARIBAY

¿Quién no nacido para ser actor?
JERZY GROTOWSKY

El color luminoso de Pierre Bonnard
MIGUEL ÁNGEL MUÑOZ

Policromía del color (Anaranjado)
ALBERT RÀFOLS-CASAMADA

Recuerdos de Pierre Bonnard
BALTHUS

Poemas
CHONG HYON-JONG

De lo naïf al zetgeist
OCTAVIO AVENDAÑO

Leer

Columnas:
La Casa Sosegada
JAVIER SICILIA

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Cabezalcubo
JORGE MOCH

Mentiras Transparentes
FELIPE GARRIDO

Al Vuelo
ROGELIO GUEDEA


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 

Verónica Murguía

El consumidor culpable

Una de las cosas que más me sorprende en el trato cotidiano con mis semejantes, es mi capacidad para dudar acerca de cualquier decisión. La mayoría de mis conocidos es más normal: no sienten que cada cosa que hacen tendrá consecuencias planetarias y pueden hacer el mandado sin tener crisis existenciales. Yo no.

Todo empezó hace años, cuando todavía vivía el esperpéntico general Pinochet. Un amigo organizó una fiesta y nos pidió que lleváramos el vino. Fui al súper, y me dirigí a la sección de vinos. Tomé una botella de tinto chileno y la amiga que iba conmigo me detuvo:

No compres vino chileno, porque es apoyar a la dictadura.

¿Por qué? pregunté, un poco babosamente.

Porque los capitalistas chilenos apoyan a Pinochet.

Huelga decir que dejé el vino donde estaba y, para no errarle, compré un vino mexicano que le provocó acidez a la mitad de la concurrencia. De ahí en adelante comencé a fijarme en que nada de lo que ponía en el carrito fuera chileno, ni uvas, ni manzanas, ni vino, hasta que murió Pinochet. Entonces, para celebrar, mi marido se fue a la tienda de ultramarinos y compró un frasco de uchuvas en almíbar. La uchuva es un extraño fruto amarillo y chileno, cuyo sabor desconozco porque se lo regalé a la vecina, una mujer oriunda de Santiago.

Luego me pasó lo del atún. El atún mexicano, uno de los alimentos que más hemos consumido los gatos que he tenido y yo, ya se sabe, fue boicoteado en el mercado estadunidenese porque los pescadores mexicanos y esto me agobia de verdad mataban delfines con las redes con las que pescaban el atún. Y no sólo los mataban. Una triste mañana, mientras comía quesadillas de huitlacoche en el mercado, vi en la televisión un documental en el que mostraban un video que exhibía la conducta criminal de los pescadores con los pobres delfines. Los torturaban con una saña inaudita. Me dio un ataque y juré jamás volver a comer una lata de atún nacional. Ahora compro unas marcas muy caras, pero esas marcas traen en los envases un letrero que reza dolphin friendly. Prefiero comprar atún gringo a tener una gota de sangre de delfín en la conciencia, pues me caen mejor que mucha gente que conozco. Lo mismo con el Pollo Kentucky, y con ciertos cosméticos. Alguien me envió un video en el que salían unos conejos ciegos que perdieron la vista porque los dermatólogos de la compañía de marras les embarraron rímel para comprobar que los productos fueran seguros.

Hago una excepción al comprar medicamentos. Sé, como todo el mundo, que las medicinas que tengo que tomar fueron probadas en animales, con métodos que me parecen repulsivos, pero hasta ahora no conozco ningún analgésico que sí funcione y no haya sido probado con animales. Compro mis medicinas, pero con cargo de conciencia. Y me abstengo de averiguar más, porque según las novelas de John Le Carré, las compañías farmacéuticas también ensayan con gente y matan a muchos. Para hacer coraje me basta con la certeza de que el medicamento que compro cuesta cuatrocientos por ciento más de lo que vale.

Las cosas se complicaron con los años. Añade ciencia y añadirás dolor, dice el Eclesiastés, libro sabio entre los textos sapienciales. No compro, si puedo evitarlo, cosas hechas en China, porque ya se sabe que a los chinos la ecología les vale. Han logrado fusionar, en su versión del comunismo, la crueldad del totalitarismo con la indiferencia por la salud de las masas que caracteriza al capitalismo. Además, la guerra civil de Ruanda, aquella en la que los hutus mataron dos millones de tutsis en seis meses, fue librada con machetes hechos en China. Baratísimos.

Estas dudas tienen un lado bueno, me dije. La respuesta es consumir lo hecho en México, apoyar la economía del país, etcétera. Decidí comprarme unos pantalones. Y que me voy enterando de que el indescriptible Kamel Nacif es el “rey de la mezclilla” Ay. Por supuesto, me fui corriendo por los jeans a una tienda española. ¿Será esa marca sospechosa de algo? ¿Pagará bien a sus obreros? No sé.

Parece que mis tenis fueron hechos por niños esclavizados en Sri Lanka, y mis galletas favoritas las produce una panificadora abiertamente derechista. Para acabarla de amolar, lo orgánico y nacional es caro.

Yo no sé a dónde voy a llegar con esto. Fantaseo con irme a un monasterio en el Tibet, vestirme con túnica y comer sólo queso de yak y té con manteca. Lo malo es que no se admiten mujeres.